martes, 7 de abril de 2026


Más que musas, creadoras

Por: Esteban Perez

El 15 de marzo, la Plaza Fundacional de Suba dejó de ser únicamente un lugar de tránsito cotidiano o de contemplación histórica para convertirse en un espacio de enunciación. Un lugar donde las voces, los cuerpos y las prácticas artísticas de las mujeres no solo aparecieron, sino que asumieron una postura.


Ubicada en el corazón de la localidad, esta plaza — fundada en 1550 bajo las leyes de la corona española — ha sido testigo de múltiples capas de historia. Sus caminos de ladrillo, sus jardines y las edificaciones que la rodean se han sostenido por estructuras de poder y formas de habitar el espacio profundamente marcadas por jerarquías. Al oriente, la iglesia de la Inmaculada Concepción se levanta como símbolo de esa herencia; al sur, la Alcaldía Local reafirma la presencia institucional. Todo en la plaza parece hablar de permanencia. Claro está que, estas dinámicas no se mantienen todo el tiempo.

Desde primera hora empezó el festival “Más que musas, creadoras” con instrumentos, vestuarios, escenografías. Llegaron también habitantes de la localidad, curiosos, familias, personas que buscaban simplemente pasar un domingo distinto. Poco a poco, el espacio se fue cargando de otra energía: una que no respondía a la contemplación pasiva de una tarde cualquiera, sino a la participación, al encuentro, al reconocimiento de la otra y del otro.


El Festival Más que Musas, Creadoras no se instaló como un evento más dentro de la agenda cultural. Se manifestó como una irrupción colectiva que cuestiona, desde la práctica, las formas en que históricamente se ha entendido el lugar de las mujeres en el arte. ¿Quiénes narran? ¿Quiénes han tenido el derecho de nombrar, de representar, de construir sentido? Durante siglos, la figura de la mujer en el arte ha sido ubicada en el lugar de la musa: inspiración, imagen, objeto de contemplación. Un lugar aparentemente exaltado, pero profundamente limitado. La musa no habla, no decide, no crea; es mirada. Es interpretada por otros con un sesgo bastante cuestionable.

A lo largo de la jornada, la programación se desplegó como un tejido diverso de lenguajes, como el rap por parte de Zafiro Lux o la acústica de Una Espeletia, voces que no piden permiso, que no buscan encajar. La danza por parte de RH Danza o el Colectivo Tanz que no solo ocuparon el escenario físico de la plaza, sino que activaron preguntas sobre el cuerpo, la memoria y las transformaciones personales y colectivas. Cada puesta en escena era, en sí misma, una crítica en muestra de que las mujeres también pueden narrar sus propias historias.

En paralelo, la feria de emprendimientos revelaba otro tipo de creación: la que se construye desde lo cotidiano, desde el hacer constante, desde la autonomía económica. Cada objeto expuesto llevaba consigo una historia, una intención, una forma de resistencia silenciosa pero persistente como lo muestra en sus aretes Planeta Homónima o Remedios Rebeldes. Lo interesante no era sólo la diversidad de propuestas, sino la manera en que todas dialogaban entre sí. No había un centro único, lo que existía era una red. Y en medio de todo, algo se hacía evidente: el espacio público estaba siendo resignificado.


No se trataba únicamente de ocupar la plaza, sino de transformarla. De alterar, aunque fuera por unas horas, las lógicas que la atraviesan. Donde antes predominaba el paso apresurado, ahora había permanencia y nuevas formas de relación que se habitan desde el respeto y la escucha, siendo un ejercicio de memoria. Un reconocimiento a las madres, abuelas y mayoras que han sostenido procesos invisibles, que han transmitido saberes sin ser nombradas como autoras. Su presencia —explícita o implícita— atravesó toda la jornada.



Y, de manera significativa, también estuvieron presentes hombres que acompañaron desde el respeto, entendiendo que este no era un espacio de protagonismo compartido, sino de apoyo consciente.

En una plaza cargada de historia colonial, donde durante siglos se han reproducido ciertas formas de mirar y de nombrar, este festival introduce otra posibilidad: la de un relato construido desde quienes antes fueron objeto y hoy se asumen como sujetas.

Y cuando eso ocurre, el arte deja de ser solo representación.

Se convierte en acción.

Se convierte en territorio.

Se convierte en una forma de habitar el mundo.




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