viernes, 17 de abril de 2026

SOBRE LA AUTOCRITICA  

     O BESTIARIO CULTURAL




Por: ANTONIO AMADO 

Fotografía: Rowinson Pérez  



La palabra hipocresía proviene del griego antiguo hypokrisis (ὑπόκρισις), que significaba "actuar", "representar un papel" o "fingir".











Ahora lo entiendo, aquí en Suba hay más de un cultural y artista sobre actuado, muchas mesas de una sola pata y muchas vitrinas para el arte, como precarios zoológicos para animales.

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Soy el hijo bastardo de los antiguos "procesos" culturales en Suba, ese matrimonio disfuncional entre la necesidad y la avaricia de ilustres gestores culturales, que de vez en cuando eran infieles con el arte a su carente vínculo... La oveja negra del padre escasez y la madre imaginación.

Como todo hijo ilegal, fuera de la sacra unión, desconocido y una vergüenza para la estirpe y la tradición cultural, una deshonra a sus bases.

¡Felizmente desheredado!

Habitante de calle, que me tumbaron en su doble sentido de la palabra la casa de la cultura.






















Mis anacrónicos maestros sólo esperan la venia de los salones de té, a los que yo en esta indigencia de buenas costumbres no soy alegremente invitado.

Observo sentado en el andén esta fauna caníbal, que desfila en los más variopintos escenarios e intento hacer una taxonomía de estos:




Existen los Adanes: que durante muchos años han estado presente con sus timoratas, anacrónicas y repetidas hasta el tedio actividades patrimoniales; estos que cuál el mejor reflejo bíblico, negaron a toda costa, las mujeres que realmente gestaron estás ideas desde las "secretarias" o "asistencias administrativas", esos mismos que ahora hablan de luchas de género.
















Estos que vociferan procesos, no actividades; cuyas pedagogías petrificadas en los convulsos años 80, no tienen ningún cambio, y aún como los antaño cuadros políticos, radicales viven en su idealismo.






Pero tan parecidos son los Mesías: Estos muy jóvenes e impetuosos, niegan todo pasado, desde memorias que surgen de las academias o parques de barrios, los muy comunitarios, que ostentan un "saber" jurídico, legítimo y sobre cualquier institución. 










Los reformadores que retomaron el arquetipo de héroes, muy llenos de orgullo, pero desconocidos por sus comunidades, que si muy aplaudidos por sus células, porque parecen sectas, donde sólo ellos tienen la razón, los muy populares, que lentamente como los Adanes, van de manoseo en manoseo, escalando en contratos institucionales, y hay quienes terminan de ediles.







También están los Mercenarios: estos que aprendieron tanto de Adanes y Mesías, la política del hambre, que necesitan de los "vulnerables" para hacerse a proyectos migajas institucionales, que un día son ambientalistas y al otro profeministas; los que no tienen actividades, ni procesos, sólo proyectos y únicamente suenan cuando el precario recurso público sale al juego, que tienen todos los papeles al día, que, a falta de una organización, tienen tres y más, los que toman un taller y a los pocos días los ves “reproduciéndolo” como propio, los que al final de la reunión te van a pedir el teléfono, luego de una adulación.














Están los Vulnerables: los que siempre, siempre estiran la mano, los que siempre, siempre necesitan. Que viven de la morona, los que reciben y se van al Rincón a devorar sin compartir nada, son insaciables. Los ves en cuanta reunión hay, creo que tienen el don de la omnipresencia, son como fantasmas, al igual que sus “obras”, humo al viento y nada más.


Pero cómo olvidar a los MAESTROS, así con MAYÚSCULAS: aquellos que antaño hicieron miles de acciones reconocidas por los vecinos del barrio, algunas veces no por sus propias familias, pero a los que más allá de tres kilómetros nadie reconoce. 




Los críticos a todo, los irrefutables, los que se sienten traicionados por no ser seguidos, cuando poco salen de sus taciturnas casas o incluso habitaciones, los de las ideas geniales pero muy pocas acciones. Aquellos que siempre están haciendo bocetos y sus únicas obras conclusas son viejas y mohosas; para quienes las obras o acciones de los demás siempre están inacabadas.










Están los Gestores: estos que nunca hicieron nada, no harán nada, sólo cuentan con una excelente base de datos y algunas útiles conexiones temporales, que en ocasiones se ponen la chaqueta de instituciones y creen conocer la administración pública en su totalidad. Carentes de toda ética, buscan sombra nada más; aquellos que cuando fijen hacer algo vociferan, publican, difunden, sobre lo "hecho", que manejan la imagen como ningunos otros, los puedes ver un día hablando pestes de uno y al otro reunidos con aquel tomando un café. Han sido sin serlo, consejeros, mediadores, promotores, muy a menudo contratistas y siempre están a la "vanguardia".


















Existen también los Manager: para los que todo es un emprendimiento y acuñaron conceptos como: artistas emergentes, cadenas de valor; quienes piensan en patrimonio sólo desde el turismo. Vendedores expertos en oratoria, cuya retórica mezcla tantas cosas que en el fondo no dice nada.







Aquellos que quieren vernos uniformados y muy formalizados, en su sistema de cifras, que al pedir tu quehacer y ser, para acompañar sus actividades, dicen: - Esto le va servir para cualificar su trayectoria y mejor reconocimiento en las redes; son los que siempre tienen el listado de asistencia listo para recoger firmas, aquellos que en campaña electoral ponen a los artistas cuál decoración de la demagogia proselitista, los candidatos eternos que llegan a ser tristemente alcaldes,  que llenan buses con abuelos y abuelas por un poco nutritivo refrigerio, y después de la famosa frase, que todos los anteriores tiene en común:

 

 ¡ES POR LA COMUNIDAD






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